¿Conviene ser madre?

Un mes después del nacimiento de mi hijo recibí de Nataly, una buena amiga de mi esposo (que luego se convirtió en buena amiga mía), un correo con la traducción en español de esta carta que leyó en un curso que tomó. Hoy, igual que aquel día, se me llenan los ojos de agua y me duele otra vez el amor que siento por Noah. Aseguro, sin dudarlo en lo más mínimo, que si conviene ser madre: que las risas de Noah, cuando me pide que lo tome de la mano y me jala hacia donde quiere ir, y sus besos repentinos valen mucho más que cualquier otra cosa en el mundo.

Sentados alrededor de la mesa, mi hija anuncia tranquilamente que ella y su esposo planean “iniciar una familia”. “Estamos haciendo una encuesta”, dice medio en broma “¿Crees que me conviene dar a luz?”

“Te va a cambiar la vida” le contesto, tratando de mantener un tono natural.

“Ya se”, dice, “No dormiremos más los fines de semana y se acabaron las vacaciones espontáneas”.

Pero no a eso me refiero, observo a mi hija y trato de decidir qué decirle.

Quiero contarle las cosas que nunca va a aprender en el curso prenatal. Quiero decirle que las heridas del parto sanarán, pero la transformación a la maternidad dejará en ella una herida emocional tan dolorosa que permanecerá vulnerable para siempre. Dudo si decirle que nunca más podrá leer el periódico sin preguntarse “¿Qué si fuera mi hijo?”.

Miro sus uñas, arregladas meticulosamente y su ropa nítida y diseñada y pienso que no importa que tan sofisticada sea, la maternidad la va a reducir al grado más primitivo de una osa que cuida a sus crías. Que el llamado urgente de “mamá” hará que deje caer cualquier soufflé o el cristal más fino sin dudar ni un momento.

Siento la necesidad de advertirle que no importa cuantos años invierta en su carrera, la maternidad dañará su profesionalidad. Podrá organizar el cuidado de su hijo pero un día, entrará a una junta importante y recordará el dulce olor de su bebé. Necesitará hasta el último gramo de disciplina para no correr a casa a checar que  su bebé esté bien.

Quiero que mi hija sepa que las decisiones diarias no serán simples. Y que no importa que dan determinada sea en su trabajo, todo el tiempo será autocrítica como mamá.

Veo a mi hermosa hija y le quiero prometer que a final de cuentas bajará los kilos de más del embarazo, pero se que nunca volverá a sentirse igual consigo misma. Que su vida, que ahora le es tan importante, será menos importante desde su propia perspectiva, una vez que tenga un hijo.

Que renunciará a ella en un segundo para salvar a su cría, pero empezará a querer más años, no para cumplir sus sueños, sino para ver a sus hijos cumplir los suyos. Quiero decirle que la cicatriz de la cesárea o las estrías se convertirán en medallas de honor.

Que la relación con su esposo va a cambiar, pero no de la manera que ella cree. Espero que pueda entender cuánto más se puede amar a un hombre al verlo cambiar delicadamente el pañal de su bebé o cuando no deja de jugar con sus hijos. Creo que tiene que saber que se va a enamorar de él una y otra vez por razones que ahora le parecerán poco románticas.

Quiero que mi hija sepa la conexión que sentirá con mujeres del pasado, quienes trataron de prevenir guerras y prejuicios. Espero que entienda por qué puedo hablar con seriedad de cualqueir tema, pero pierdo la cordura cuando hablo de la amenaza del terror sobre el futuro de mis hijos.

Quiero describirle a mi hija la felicidad de ver a tu hijo aprender a andar en bicicleta. Quiero atrapar y transmitirle las carcajadas de un bebé cuando acaricia por primera vez la suave peluza de un perro o un gato. Quiero que pruebe esa felicidad tan real y simplemente, dolorosa.

La mirada de mi hija me hace entender que se llenaron mis ojos de lágrimas. “Nunca te arrepentirás” le digo finalmente, me acerco a ella, le tomo la mano y rezo silenciosamente por ella, por mi y por todas las mujeres que abrieron su camino a esta maravillosa profesión, este regalo de Dios que es la maternidad.